Saltar al contenido

A punto de entrar en una residencia de ancianos: «Mi mayor miedo es que dejen de visitarme»

residencia de ancianos

Tomando el aire de las 8 de la tarde de verano, en un día caluroso y junto a la puerta de su casa, Gregorio está sentado en una silla que tiene ya nueve años y que compró en un ‘Todo a 100’ a dos calles de lo que, de momento, es su hogar.

La que ha sido su casa durante más de 40 años va a dejar de serlo. Sus hijos la venden. No se pueden hacer cargo de ella (ni de él), y quieren llevarle a una residencia. A la mejor, eso sí, no quieren escatimar en gastos. Gregorio se merece lo mejor, y por eso están tranquilos. Estará bien cuidado, tienen buenas referencias, y han buscado a fondo.

Él, sin embargo, no muestras síntomas ni de alegría ni de tristeza. Su mirada se queda posada en el horizonte como si fuese completamente consciente de lo que esto supone. Le conocemos desde hace ocho años, y no nos sorprende. Él es así, un hombre tranquilo. Un señor que, a sus 82 años, es incapaz de vivir de forma independiente.

“Yo lo entiendo, pero no me gusta. Allí no me conocen, no saben lo que necesito y sé que me voy a cabrear”, nos dice. Gregorio está en pleno uso de sus facultades mentales. “Me acuerdo de todo, hasta de cuando cumplí 20 años. Cosas tontas la mayoría, pero podría contarte cualquier anécdota con todo lujo de detalles”. Sin embargo, sus piernas ya no tienen la fuerza que debieran, ni puede hacerse la comida todos los días. Andar es un infierno, según sus propias palabras. “Eso, sí, jamás me tendrán que recordar que me tengo que tomar la pastilla. Me moriré completamente cuerdo”.

El menor de sus seis hijos, Roberto, ha encontrado trabajo después de cinco largos años en paro. Vivía con su padre, le hacía la comida, la cena, y le cuidaba, pero a partir de ahora estará fuera de casa todo el día, y ha pensado en volver a su casita del centro porque le viene mejor para ir todos los días al trabajo. Vivir en el pueblo ya no es una opción, y Gregorio no puede vivir solo.

“Es normal y me alegro por mis hijos. Ahora mismo tienen todos trabajo y es una alegría. Además tengo a cuatro de ellos casados, aunque Roberto y Cecilia no se van a casar yo creo, son muy independientes”, nos cuenta con ligeros síntomas de ánimo en su cara. “He visto la residencia a la que me van a llevar y está bien. La mujer que me va a cuidar parece una «moceta» muy simpática. Pero mi mayor miedo es que dejen de visitarme por falta de tiempo”.

Empezamos a comprender bien lo que quiere decir Gregorio. Sabe que le van a cuidar bien, sabe que va a estar bien atendido, pero no es su casa, no es su ambiente, no es su vida. Aun así, el anciano se muestra positivo, y se niega a culpar a nadie de su familia. Sabe que ellos quieren lo mejor para él, y sabe que no puede cuidarse por sí mismo.

Quedan 6 días para que Gregorio se mude a su nuevo hogar. Está traqnuilo, pensativo y, sobre todo, valiente. Es una pieza más de esa sociedad que nuestro estilo de vida nos niega a poder valorar.

Las residencias de ancianos son siempre una buena opción cuando es imposible hacerse cargo de una persona cuyas condiciones físicas y/o mentales no le permiten ser independientes. Eso sí, has de tener en cuenta varias opciones a la hora de cuidar a una persona mayor pues, aunque las residencias son en muchas ocasiones buenas opciones, no siempre son la mejor valoradas.

Existen otros métodos para que un ser querido no esté sólo, y es el cuidado de personas mayores en el propio hogar del paciente. Suele salir más barato y, además, es para el anciano un golpe psicológico mucho menor que vivir en una residencia.

Siempre se han de tener en cuenta TODAS las opciones y valorar, con ayuda de profesionales y la opinión del propio paciente, cuando sea posible, la mejor opción. Ni la más barata (o más cara) es siempre la mejor, ni la que se ha pensado de primeras puede ser la que mejor se adapte a tus necesidades.

Nuestros mayores tienen opinión. Deja de decidan sobre su vida.

mSoluciona Moncloa, empresa de cuidado de mayores en Madrid y ayuda a domicilio.